>> Recibimos y publicamos: “la policía sigue torturando” [El Pinar].

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  En la moto, en la noche, volviendo tranquilo a casa, una noche cálida de invierno… Foco en la cara, “¡documentos!” “No los tengo arriba. Se me perdieron hace unos días”.
  Contra la pared, llave miliquera, esposas, patadas, patrullero, insultos, piñas.
  Comisaría, más patadas, más piñas, más insultos.
  Como piso, son seis, se ríen. Me golpean, la cabeza, las piernas, la espalda, me apretan los huevos. Me asfixian y me sueltan, me asfixian. Y cuando pienso que no aguanto más me vuelven a soltar… y el juego sigue. Más patadas e insultos. ¿Hasta cuándo? ¿Aguantaré? Mis palabras son mi única defensa. Mi fuerza me mantiene digno. Sigo siendo mío.
  Al rato, mientras tiemblo de frío en el piso ensangrentado del calabozo y leo las paredes de las horas muertas de los que pasaron por esto antes que yo, los botones, los mismos que hace un rato me golpeaban y torturaban con rabia y zaña, ahora ríen y toman Coca-Cola mientras miran un programa pelotudo que no alcanzo a identificar.
  Llega el médico de ASSE, charla con los botones como si fueran amigos, acodado en la barra del “bar”… “¿Y? ¿Hubo movida hoy?”
  Me mira, ve la sangre en el piso, en mi ropa (la que me dejaron) y en mi cuerpo. Mira al botón a su lado y me pregunta: “¿Algo que declarar? ¿Te golpearon? ¿Te maltrataron?”
  Absurdo, ¿no? Si denuncio los golpes me encajan cualquier causa y derecho para el COMCAR, si no digo nada capaz me sueltan pero quedan impunes…
  Esto pasó en la 27 del Pinar. Pero pasa en todas las comisarías, todas las semanas.
  Aunque la cana se vista de seda, cana queda. No hay policías buenos. Todos forman parte del mismo aparato represivo, pensado para mantener la injusticia y la iniquidad tal cual está. Para ellos somos pichis. No valemos ni la mierda que cagan.
  ¡A la mierda los botones!
  ¡Viva la dignidad!

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