Peñarol es quemar… un error garrafal.

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Los últimos sucesos en el fútbol, la “violencia incontrolada”, el “salvajismo” y varios etcéteras llenan hoy páginas y páginas de indignados periodistas y bienpensantes al servicio del negocio capitalista. El show debe continuar y si los partidos se suspenden siempre se puede gastar una hora de programa haciendo tontos análisis para decir siempre lo mismo: nada. Pedir policía, pedir control que asegure el espectáculo es el único horizonte de los periodistas, milicos y políticos.
  La desaforada reacción de los medios y la indignación por boca de la clase media se hace sentir con la repetición de los ya clásicos slogan que hacen referencia a un mundo imaginario y extinto que evoca los años cincuenta y sesenta… la época de la buena vida y la integración, las puertas abiertas en la noche y las tribunas compartidas en la cancha…
  En algo podemos darle la derecha a los gritos desesperados de los ciudadanos: la integración vivida (y luego idealizada) que algunos recuerdan se ha caído a pedazos. El capitalismo continuó produciendo y profundizó procesos de desintegración en la población. Ciertos momentos han sido claves, la migración de la población rural a la ciudad de los sesenta-setenta, que al igual que en toda Latinoamérica encontró una ciudad que no pudo adaptarse suficientemente a la velocidad y tamaño del proceso, es uno de ellos. También, la dictadura y la derrota de los sectores antagonistas y sus proyectos de transformación social, aplastados por las fuerzas del Estado, con una gigante expoliación en el territorio. Luego, la reestructuración capitalista cuyo coletazo en la zona produjo los sucesos del 2001. Y finalmente, la izquierda en el Poder con un proceso de introyección acelerado del consumo en la población y con el corolario de un profundo control social para proteger el negocio.
  Todo eso fue progresivamente agudizando la desintegración social y la destrucción de los vínculos comunitarios. En la época del “nuevo uruguayo”, la izquierda creó, a través de ejércitos de trabajadores sociales y otros dispositivos, estructuras artificiales de participación, en definitiva, mecanismos de complicidad con la gestión del sistema de dominio. Todos estos procesos han agudizado el fuego que hoy se cierne en varios barrios y que ocupa tanta tinta. La angustia que produjo el capital con la transformación de los viejos proletarios en “clientes”, siempre bajo la inseguridad laboral y la competencia permanente, siempre bajo la doctrina de la inseguridad y la presión constante encuentra su explosión a través de diferentes modos de violencia. Cientos de trabajadores sociales, comercialización de todo, miles de dosis de fármacos, shows, policía y demás estructuras estatales no son suficientes para lograr la contención de lo que los trabajadores sociales, la comercialización de todo, los fármacos, los shows, los policías y las demás estructuras estatales generan.
  El fenómeno no es aislado y puede verse en todo el mundo. La disociación entre jóvenes y el resto de la comunidad, la disgregación y la extrema dependencia (acusada constantemente de individualismo), son síntomas generalizados en el cuerpo social mundial. El proceso es más agudo donde el capital ha encontrado un terreno más fácil para desarrollar sin piedad su juego y en donde la resistencia ha sido destruida dejando como única respuesta al futuro el sueño del consumo infinito. Los jóvenes sin códigos (o mejor, sin principios), desarraigados de su entorno y unidos a pequeñas bandas que sólo logran trascenderse acompañándose de otras bajo el imperio de un mismo color es rutina de cada fin de semana en las canchas en todas partes. Al igual que en las votaciones del Brexit, en la elección presidencial en EEUU o en el plebiscito en Colombia, la población no se atreve, no le pinta decirle a las encuestadoras, periodistas o demás personas del establishment progre que odian su versión de la realidad y es el populismo más efectivista el que los mueve y conmueve. La verdad se murmura en las esquinas y no puede escucharse en los programas periodísticos, se odia a la policía, a su mundo, se odia a aquellos que están para reprimir y a sus defensores. Existe la necesidad de vivir por fuera y contrariamente al mandato más cobarde de cierto extracto social y se prefiere asumir las formas (igualmente capitalistas) de un “descontrol programado o alcahuete con el poder” a ser un integrado cínicamente indignado.
  Ni aún con la gran cantidad de efectivos que la izquierda ha puesto en las calles dejó de ser generalizada la rabia hacia la policía. Si vamos a creer a las palabras del Ministro, el ex-tupamaro Bonomi, el sabotaje al espectáculo futbolístico del otro día fue parte de una conspiración entre narcos que dominan la hinchada de Peñarol. Ahora, ni aún así pudo, el guerrillero devenido milico, ocultar el hecho de que cientos de jóvenes mostraran la rabia a la institución policial y destruyeran todo lo que encontraban. Los jóvenes sin cultura comunitaria, con vínculos armados sólo por la televisión y una propaganda que los invade y pasa directamente sin posibilidades de mediación mental introyectan fácilmente la cultura de la mafia y el negocio que impulsa hoy el mercado. En la frase tan repetida de que ellos (los barrabravas) no son los verdaderos hinchas puede verse claramente la contradicción de la mentalidad reaccionaria. Toda la propaganda de los medios dice-muestra siempre y de forma clara, exactamente lo opuesto, la barrabrava, los que mueven gran parte del negocio futbolístico y facilitan la otra parte son los verdaderos hinchas. Los mensajes cifrados para una mentalidad de clase media, integrada y sostenedora de la ideología democrática son interpretados en su estructura concreta por la mayoría de la población menos domesticada. Se crean a través de los dispositivos de subjetivación personas con una capacidad llana de entendimiento, se les da un mensaje claro y comprensivo pero se espera que lo comprendan de forma diversa.
  Luego, lo que surge incluso entre y por fuera de las diferentes manipulaciones es la revuelta. La revuelta descubre una nueva dimensión de cada uno, abre un enfrentamiento con el mundo y un crecimiento que no es igualado por todos los sentimientos de inseguridad y baja autoestima que produce en las poblaciones más bajas económicamente la vida diaria. ¿Qué pueden buscar y querer los pibes más que se hable de ellos, tener referentes a quién seguir y dotar de sentido su existencia, un sentido que entienden… “Peñarol es quemar”.
  El estado es la guerra y su momento actual es el de la guerra civil permanente, una sociedad desarraigada, móvil se balancea entre comprar y querer comprar, consumir y querer formar parte del espectáculo. En lo único que cierta población es protagonista es en los ataques a los cuerpos del orden y a lo más cercano de un mundo que los niega. La mayor o menor participación de los aparatos del Estado y de los grupos mafiosos (o sea paraestatales) en la organización de los hechos no es anecdótico sólo pero tampoco debe llevar a la negación de la reflexión y sobre todo de la acción por potenciar lo claro del mensaje de cada revuelta por pequeña que sea, de cada enfrentamiento por imprudente que parezca. En un mundo opresivo y que se afana de controlarlo todo, la rebelión es la vida.
  Una pregunta interesante, más allá de la espectacularización, es: ¿cómo esa revuelta, esa rabia puede dejar de ser sólo implosiva? El error garrafal luego de la jornada del domingo sería olvidar que el sentido de la rabia es explotar. Mientras los progres, derechistas y demás bienpensantes y alcahuetes del sistema se escandalizan y utilizan los hechos para potenciar sus leyes represivas, la responsabilidad de aquellos que buscamos luchar por la destrucción del Estado y su mundo es actuar. Debemos fortalecernos en nuestro hacer, debemos actuar al reconocer los problemas que vivimos para que no nos exploten en la cara o sólo los veamos desde atrás de los vidrios de la comodidad. El Estado crea y potencia las condiciones de un desarraigo poblacional y luego busca soluciones represivas, crea el problema y luego da falsas soluciones. Al final del día su continuidad está asegurada. Quebrar ese círculo es nuestra responsabilidad…

Anarquistas.


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