Paradojas contemporáneas.

La solidaridad tensiona los límites del aislamiento y la muerte como denominador común en varios escenarios de la vida.

Asistimos al fin de una era. Esta afirmación ya se ha escrito en varios textos, pero en este caso no es un análisis abstracto, sino que se puede apreciar con todos los sentidos. La realidad tal como la conocemos ya no será y no porque nos hayamos puesto de acuerdo en que debía cambiar todo, sino por el simple hecho de que es imposible seguir con nuestras vidas en medio de la paranoia, el miedo y el control.
  La economía tiembla o eso nos hacen creer. Y la conclusión es que somos siempre lxs mismxs, quienes debemos hacer un esfuerzo para salvar al sistema, un sistema perverso que nos hace presa de sus juegos maquiavélicos.
  Respetar la cuarentena y consecuentemente perder la capacidad de generar nuestro sustento básico (como es el alimento o la vivienda) es la mejor idea que nos presentan para solucionar este lío y de no cumplir y permitirnos socializar y generar redes de apoyo, estamos siendo irresponsables. En estas semanas pudimos ver cómo el control desmedido sobre la conducta hace que las mismas personas presas de la cuarentena se indignen al ver a otrxs fuera de su casa. Tildándoles de potenciales asesinxs seriales, recurriendo a la vieja y denostada culpa y culpabilización. Sentimientos de lo más rancios, casi burlescos en un sistema que alienta al “sálvese quien pueda”, a la meritocracia o a la tan citada resiliencia, como formas de sobrevivir a los embates de la vida.
  Ahora desde el mismísimo Estado nos exigen que nos cuidemos entre todxs, pero con una pequeña trampita. Cuidarse es colaborar con la policía para controlar que lxs vecinxs cumplan con las disposiciones que los encargadxs del poder disponen. Así es como se vacían de contenido los conceptos (como la solidaridad y la responsabilidad individual y colectiva) y se hacen funcionales a sus estrategias de control. No existe la solidaridad y el cuidado responsable cuando la directiva es aislarte en tu casa y mirar temeroso y desconfiadx a quien se atreva a no cumplir con lo establecido.
  En este sentido cabe nombrar algunas situaciones que se tensionan aún más a partir de esta coyuntura, como por ejemplo las de violencia y abuso dentro del hogar. ¿Cuántas son las mujeres obligadas a mantenerse aisladas con su agresor? ¿Cuántxs niñxs y adolescentes con su abusador? No es una exageración la afirmación del aumento de casos de violencia intrafamiliar en cuarentena. El aislamiento forzado, la precarización de la vida, la imposibilidad de auto-abastecerse y de proveer económicamente, generan frustración y recrudecen la violencia que el agresor ejerce sobre la mujer, adolescentes y niñxs de la casa. Así como dificultan hasta casi la imposibilidad el sostener o crear redes y estrategias de fuga de esas situaciones (como pueden ser casas de vecinxs, o familiares) Si el gran aliado de las situaciones de violencia en el ámbito doméstico son la invisibilidad y la indiferencia, en tiempos de cuarentena y de #Mequedoencasa, esta no puede hacer más que aumentar.
  Frente a esto son varias las personas bien intencionadas que brindan como solución los números de la policía y de los servicios de atención telefónica del Ministerio. La cuestión es la siguiente: si en tiempos”normales” en la mayoría de los casos la policía y el Estado: no responden; tienen respuestas ineficaces al recepcionar una denuncia que nada cambia la realidad más que muy posiblemente acrecentar la violencia del agresor al enterarse de que la mujer o la infancia se animó a denunciar; o simplemente empeoran la situación re-victimizando a las personas en situación de violencia. Entonces, ¿por qué creemos que en la situación actual su respuesta será útil y contribuirá?
  Actualmente la respuesta estatal es nefasta. Desde la aplicación de la ley contra la violencia de género las denuncias se incrementaron, pero el sistema se encuentra desbordado. Por un lado, quienes entran en el sistema judicial se enfrentan una y otra vez a la revictimización y a la violencia de la justicia patriarcal que las culpabiliza y las expone junto a lxs niñxs y adolescentes al forzarlas a contar repetidas veces las situaciones que vivieron, como si una vez no bastara para dar cuenta de lo aberrante que es una situación de violencia y/o abuso. Por otro lado, existen 4 dispositivos (centros de protección) físicos que reciben a mujeres – que el sistema entiende que – corren riesgo de vida y a quienes se encuentre bajo su tutela. En todos estos espacios, se sobrepasa el número de cupos establecido, se vive en condiciones de hacinamiento y bajo un estricto control en el que los días transcurren en un encierro absoluto alejadas de sus redes vinculares. Esto sumado a que no existe una preparación o formación específica en género de los actores sociales y judiciales que participan en los programas y que son parte de los procesos que atraviesan las mujeres y sus familias luego de efectuada la denuncia.
  Esto ocurre en el mejor de los casos, ya que frente a la alta demanda de cupos por el incremento de las denuncias las que no entran a estos “dispositivos formales”, son redirigidas junto a su familia a los llamados “dispositivos de emergencia” . Traducción: son asignadas a hoteles de mala muerte ubicados en centro de la ciudad, donde los dueños arreglan con el Ministerio la parte económica y permiten que vivan allí, sin mayor contención ni acompañamiento, libradas a su suerte a la espera de una derivación para que un equipo se encargue de su situación, mientras transcurren sus días en una pieza pequeña con su familia.
  Es por todo esto que las buenas intenciones en este caso acaban por ser totalmente irresponsables y responden a la misma lógica que el poder nos dicta. El Estado va a solucionar nuestros problemas, por transitiva si tenemos alguna dificultad lo llamamos a él. Lo que se oculta detrás de esto es la falta de iniciativas individuales y comunitarias, de cuidados y de apoyo real en la cotidiana, que se agrava con la crisis relacional y económica que nos atraviesa.
  Si desatendemos la realidad de que el Estado existe para controlar y mediar todas nuestras acciones, en provecho de un sistema siniestro que se alimenta del sudor y la sangre de lxs menos favorecidxs, dejamos a su expensa la integridad y en el peor de los casos la vida de personas que ingenuamente acuden a él en busca de lo que no encuentran en su comunidad.

  Somos tan desmemoriadxs como para no recordar cómo estábamos antes, no hace 20 años, sino hace 6 meses. Olvidamos que salimos a la calle a gritar que “el Estado opresor es un macho violador”, que el capitalismo estaba destruyendo gentes y tierras y que la devastación era irremediable.
  La interrogante es si vamos a permitir que nos encierren en casa (si es que la tenemos) y que nuestra mejor opción sea llamar a papá Estado para pedir ayuda o si de una vez por todas vamos a tomar la dirección de nuestras vidas y nos vamos a hacer cargo de lo que nos corresponde (en la medida de nuestras posibilidades siempre, claro está). Esta segunda opción implica inevitablemente el involucramiento real con lxs otrxs, la responsabilidad que este conlleva y una ruptura con lo normalizado. Lo novedoso ahora es que ya no existe la normalidad tal como la concebíamos y tenemos en nuestras manos la posibilidad de crear formas nuevas, donde las palabras recobren su sentido y ya no sean el eslogan de una financiera o de un una cadena de comida rápida.

  ¡Porque lo queremos todo, no pedimos nada!
  ¡Hasta que recuperemos el sentido de nuestras vidas!
  ¡Por la anarquía!

.G


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