Mitad de semana | La comunidad debe ser de lucha.

Al parecer su “nueva normalidad” no se impondrá tan fácil. Ciertas libertades liberales van volviendo de a poco en el mundo aunque con miedo de algunos gobiernos. Lugares como Hong Kong, Italia o Francia ya mostraron que la bestia anárquica de la revuelta no se rinde tan fácil y la memoria permanece en la piel dos meses después. Son tiempos de hacer para pensar y pensar para seguir haciendo. Traemos a “Mitad de semana” un texto ya editado por el periódico. En él, se ponen en cuestión nociones como la lucha social y la hipótesis del conflicto como potenciador y origen de lo comunitario en el capitalismo financiero. A la vez, se vuelve sobre la recuperación de las luchas y la necesidad de dotarnos de proyectos de quiebre. Hoy que la izquierda autoritaria y la derecha en el gobierno unen fuerzas para fortalecer al capitalismo, nuestra opción es clara: acción directa, autoorganización y libertad.

  En tiempos donde triunfa el proyecto capitalista: sujetos dependientes, atados a necesidades plenamente controladas y bajo un imaginario social digitado por el espectáculo del consumo. En tiempos de gran fragmentación social, hablar de comunidad para nosotrxs va unido más a la idea de una proyección de lucha que a una observación sociológica. El individuo es un proyecto y no una realidad ontológica dada, la comunidad que lo hace posible también. Empecemos con algunas diferenciaciones fundamentales entonces. Cuando hablamos de comunidad lo hacemos como una realidad en conflicto y como un proyecto de lucha.
  Para empezar, no existe separación nítida entre Estado y sociedad ya que la sociedad replica los modos que impone el Estado. El sistema jerárquico mediatiza y conforma a la sociedad, no hay crítica profunda del poder sin meterse con la sociedad que éste determina. El Estado es la organización de la sociedad basada en la jerarquía, la explotación y la dominación. Entender que la jerarquía como principio estatal atraviesa nuestra existencia significa entender que el problema no se ubica sólo en lxs policías y jueces, sino que hay ciertos principios generales atravesándonos como fantasmas. Luchar contra el Estado entonces no es sólo luchar contra una estructura fija y artificial impuesta a las personas sino contra un modo de ser basado en la competencia, la jerarquía y la dominación. Para transformar la realidad, inevitablemente debemos transformar nuestros modos de estar en el mundo, modificar nuestra cotidianidad y reinventar las formas en las que nos relacionamos con lo otro y lxs otrxs.
  Rehacer nuestros modos de existir es entonces enfrentar a los generadores y a los modos de vida impuestos por el orden establecido y es ahí donde radica la dificultad. Ese cambiarnos no es una cosa qua cada unx pueda hacer completamente en solitario. La transformación de lo que somos va indefectiblemente unida a la transformación de nuestro entorno. Deberemos hacer las herramientas, transformar y crear basándonos en criterios opuestos al del orden actual si queremos eliminar la recuperación capitalista de nuestras vidas. No podemos cambiar sin cambiar las estructuras materiales donde el poder se concretiza, esas cosas que nos van moldeando a todxs.
  Que hasta las empresas más rancias, las instituciones estatales o los libros de “autoayuda”, vendan que se puede cambiar realmente sin vincularse con otrxs (en un me arreglo y luego me vinculo), pone en evidencia la trampa tendida por el liberalismo. Diferentes defensorxs del orden venden falsas soluciones para perpetuar el mismo problema. Para lxs dueñxs del mundo el cambio comienza en unx pero sobre todo, acaba en unx. Por esto nuestras iniciativas chocan irremediablemente con la protesta pautada, la rabia teatralizada o los caminos preestablecidos. Chocamos con la idea del cambio en aislamiento, la mutación de la reflexión sobre lo cotidiano en cotidianismo no reflexivo o las dietas para cambiar el mundo a través de encantamientos.
  Reaprender a vivir con modos solidarios, recíprocos y libres puede atentar contra la propiedad y la explotación siempre y cuando no se confunda solidaridad con exonerarse de impuestos, reciprocidad con transacción o libertad con poder hacer lo que se quiera salvo tocar las bases. Debemos entender que crear modos de relacionarse refractarios al capital encuentra irremediablemente resistencia, pero las rebeldías aisladas pueden terminar reforzando la vitalidad del sistema. El capitalismo acepta, prevé y usa diferentes modos de intercambio si en ellos la mercantilización no es enfrentada de forma contundente y directa. Es por esto que las empresas “recuperadas” no significaron un problema para las estructuras de poder empresarial. Al contrario, muchas se convirtieron en un símbolo de integración capitalista, basta preguntar en Villa española por la FUNSA.
  El sentido de esto no es dejar de hacer cosas “pequeñas” sino ajustar nuestras formas de crítica e intervención social. Entender los procesos de colonización del Estado y el capital puede darnos pautas para crear modos audaces y potentes de resistir. No se trata de pasarse a algún nuevo populismo o caer en la idea de que lo único válido es lo que involucra a mucha gente. En la propia dinámica de los dispositivos de recuperación estatal se encuentran las claves para vencerlos. El problema, por ejemplo, no es si la autogestión es reformista en sí, ya que puede ser recuperada, sino cómo los proyectos pueden convertirse en verdaderamente “irrecuperables”.
  Es comprensible que la situación no parezca fácil. Sólo un análisis en y desde la lucha puede encontrar soluciones para cada situación específica. Una vez más, no existen recetas. Sin embrago, puede hacerse una conjetura importante: lo comunitario irrecuperable está relacionado directamente con la lucha y su oposición concreta a la lógica capitalista en acto y en potencia.
  El carácter de posible de los proyectos no es creado por el color de las banderas o el tipo de eslóganes sino por las estructuras y dinámicas que funcionen como contra-instancias concretas contra el mundo instituido. Solo una idea clara y una reflexión constante pueden mantener una acción necesaria contra la recuperación. Ninguna comunidad entonces es neutra o puede ser reducida a esquemas. Una comunidad “opuesta al capital y su mundo” no dejará de estar también atravesada por las tensiones y por las formas de ser dominantes mientras exista el capitalismo. No hay ningún gueto a donde huir, ni una zona realmente liberada. Ningún “nosotrxs” aislado puede poseer la capacidad de generalizar una transformación social antiautoritaria. De hecho, es la fragmentación generada por la colonización capitalista la que ha generalizado la lógica de bandas y la guetización.
  Entonces, la comunidad que potenciamos debe ser comunidad de lucha pues la revolución social es un hecho colectivo. El proceso de transformación generalizada es el ambiente ideal para la base de la comunidad ya que permite la afirmación y el mayor desarrollo de las potencialidades individuales y colectivas. La comunidad no es la masa y, en tiempos de masas, sólo se crea comunidad si los vínculos sociales van unidos a la lucha. Lejos estamos de querer crear nuevos fantasmas o cambiarles las sábanas a antiguos, no existe el sujeto revolucionario objetivamente dado ni somos de lxs que necesitan basar sus causas en universales abstractos. Sin guetos, sin vanguardias, y sobre todo, sin aforismos liberales debemos continuar nuestro camino.
  A problemas colectivos soluciones colectivas y para crearlas, individuos realmente autónomos.

R.M.


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