Efemérides | 8 de Julio del 2010, asesinato impune en la cárcel de Rocha.

El 8 de julio es una fecha negra para la memoria de la sociedad uruguaya.
A lo largo y ancho del país las cárceles son oscuros campos de concentración donde se tortura física y sicológicamente a los sectores pobres de la sociedad.
En las cárceles no se condena el delito, se condena la pobreza. Vemos a diario en los noticieros cómo empresarios de alto poder económico “exportan” cocaína, hacen “negocios” sexuales con niñes, estafan o funden grandes empresas o instituciones bancarias, o asesinan y torturan personas en nombre de la patria y tan solo transcurren algunos meses en cárceles de lujo para satisfacer el circo mediático de la prensa. En cambio, para los sectores pobres de la sociedad, el menor acto delictivo, es condenado con largas penas en un sistema carcelario catalogados como de los más crueles del mundo.

El 8 de julio de 2010, en la cárcel de Rocha, 12 presos fueron asesinados al producirse un incendio dentro del recinto penitenciario. El cabo Machado, responsable de la seguridad del pabellón, pudo evitar el crimen abriendo una reja que salvaría las vidas, pero se negó deliberadamente a hacerlo. A pesar del esfuerzo de un guardia que rompió la cerradura a marronazos 12 presos fueron calcinados por la deliberada voluntad del Cabo.
La muerte en las cárceles uruguayas es una práctica sistemática y solapada de exterminio que se viene perpetuando hace décadas en nuestro país.

La indignación se hizo sentir y los familiares de las victimas vinieron a la capital a exigir justicia. El 14 de julio al atardecer se realizó una manifestación hacia el ministerio del interior, en donde la rabia colectiva hizo derribar la garita exterior de vigilancia, que luego de dicho incidente y hasta el día de hoy, fue amurada al piso para no hacer tambalear la imagen ministerial.
La crónica de la prensa cuenta que:

“Los cantos eran “en un monte de la China un milico se perdió, ojalá se pierdan todos la puta que los parió”, “baila de corazón, sin policías, sin vigilantes, vamo’ a vivir mejor” o “vamo’ a quemar el Parlamento y matar a los políticos que están todos de cuento, se lo dedicamo al Pepe mamá, salud y anarquía”. Un par de bombas explotaron y sonaron algunas bocinas.

La proclama leída por los familiares de las víctimas era clara y contundente:

Los asesinatos, torturas y abusos a las personas presas y sus familiares no son casos aislados, son una constante que no tiene descanso. (…) No nos engañemos, no es casual que las cárceles estén atiborradas por delitos de atentado contra la propiedad privada. No es casual en una sociedad donde las riquezas son sólo de unos pocos, donde bajo amenaza (sin opción) trabajamos para recibir unos pocos pesos que no alcanzan para nada…” (…) “No nos cansaremos de decir que no existe ninguna reforma que haga humana la tortura que el encierro de por sí significa (…) Dejemos en evidencia el asesinato dentro de las cárceles. No ignoremos, ni naturalicemos las matanzas (…) Las cárceles no se humanizan, se destruyen”.


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