Kazajistán arde.

No llegar primero sino saber llegar, dice la canción, y parecería ser algo de cuidado que tendremos que tener en cuenta para los ciclos de revuelta que vemos y veremos estallar. No se trata de un nuevo llamado a renunciar a la acción, a no estar, a no dar nuestro brazo y ser indiferentes bajo una supuesta lógica de la «preparación debida», o esperar las condiciones objetivas, o esas cosas. Al contrario, debería ser un llamado desesperado a trabajar con nuestro hondo bajo fondo para evitar carnicerías como la de Kazajistán en estos momentos.

En los estallidos en donde nuestra indignación por fin se desata lo que decide la situación no es sólo el valor que las personas son capaces de desplegar sino, además, algunas preparaciones previas. Las revueltas necesitan un músculo trabajado, elementos de apoyo al desborde que nos sobrepasa siempre por suerte.

Acudimos hoy a la escena de un pueblo levantándose, Kazajistán arde y las protestas han adquirido características insurreccionales. Un nuevo contagio de una zona que ha comenzado a protestar, y también acudimos a una nueva colaboración del poder, el empresariado y lxs militares, organizándose para ahogar los reclamos en sangre. El poder busca perpetuare y usa todas sus fuerzas para eso. A nadie puede sorprenderle sus métodos.

Vemos desde lejos otro pueblo en las calles, vemos nuevamente a las personas enfrentándose a las fuerzas del orden capitalista con la esperanza de vivir mejor, de tener más libertad. Nuestro instinto anárquico no puede hacer otra cosa que sentir solidaridad y rabia. Solidariad con esxs desconocidxs que luchan, rabia por esas fuerzas tan conocidas del poder que lxs reprimen.

E.


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