La lucha concreta en el territorio

Pensar en nuestros barrios es un acto crucial, una acción tan necesaria como rebelde. Reflexionar sobre los sitios que frecuentamos, que caminamos, aquellos que son de pasada y aquellos en los cuales estamos obligados a permanecer puede ayudarnos a entender como ellos nos moldean, cómo somos también por donde estamos. Pensar para cambiar y cambiar para poder pensar.
Los espacios urbanos son lugares de consumo y como tales responden a dos exigencias básicas: el beneficio económico y el control social. Estas exigencias que deben cumplir los espacios urbanos condicionan su aspecto y nuestras vidas.
Nuestros barrios pasan por la aplanadora del capital financiero y se convierten en espacios privatizados, lugares hechos enteramente para el consumo. Cada vez se hará más difícil encontrar la diferencia real entre un shopping y un barrio. Los barrios céntricos parecen ya shoppings sin techo y los periféricos shoppings en construcción. El vínculo entre las personas ha sido colonizado por la relación mercantil. Aun lxs mayores de treinta años nos espantamos cuando lxs niñxs se venden figuritas entre ellxs como si cada unx se hubiera convertido en un pequeño comerciante.
Con respecto al control, la similitud entre los barrios y las zonas de guerra es inevitable. Los conflictos bélicos han servido siempre al desarrollo urbanístico y eso se nota. La guerra hoy se ha trasladado a las ciudades, el campo de batalla actual ha roto el límite entre el terreno civil y el bélico. El Estado se ha ido adaptando a este cambio y prepara a sus fuerzas cada vez más para actuar dentro de las ciudades tanto militarizando a sus policías como compartiendo funciones de seguridad interna con efectivos militares. La idea aun es resistida en nuestro territorio donde apenas los vemos en las fronteras pero es común en muchos países donde se ha ido compartiendo el patrullaje.
Los megaoperativos que se parecen demasiado a los chekpoints de los ejércitos en Siria o Haití, los botones en ronda por los barrios o las omnipresentes cámaras nos colocan en “terreno de conflicto” aunque no queramos. El intento de monopolización de la fuerza por parte del Estado y nuestra incapacidad actual de cuidar de nosotrxs mismxs, de tener vecindad en nuestras calles se convirtió en una mezcla explosiva.
Con vínculos degradados, dirigidos por el lucro y bajo vigilancia constante, la aislación de lxs vecinxs recluidxs en sus bunkers sólo puede sentirse afín al discurso del miedo. Después de la dictadura la idea del enemigo pasó del subversivo al habitante de los márgenes, delincuente, antisocial, nini, a ese “empresario apurado” como llamó Barret al ladrón. Con menos espacios de encuentro crece el aislamiento, el desinterés, la confrontación y sobre todo el miedo.
El discurso del terror intenta desvincular a la violencia de su origen y se concentra sólo en aquella subjetiva. Todo queda reducido al hecho, a la noticia, al espectáculo sangriento mientras se obvia la violencia estructural o sistémica. Convenientemente muchxs olvidan que no puede hablarse del aumento de la violencia sin hablar del aumento de la aislación social y que ésta tiene que ver con el consumo y los tipos de vínculos que fomentan nuestras urbes. Ver el centro de la ciudad es ver un sitio que no está hecho para la vida en común sino para ir de pasada a consumir. El paisaje se ha poblado de cámaras, policías y de pasterxs rascando de donde pueden. La vieja consigna comunista de a cada cual según su necesidad y de cada cual según su capacidad ha sido sustituida por a cada cual según su crédito y de cada cual según su dinero.
¿Cómo hacer vivibles los espacios nuevamente? No hay una respuesta simple. Las ciudades responden a lógicas de consumo y control social para desarrollar el beneficio de las empresas, si respondieran a principios como la solidaridad, el juego y la vida en común, principios contrarios a la especulación y al dinero, simplemente se transformarían. Los espacios de nuestros barrios se están transforman para mantenernos alejadxs unxs de otrxs. Tenemos que comprender que existe una relación íntima entre los diferentes elementos para así enfrentarlos y transformarlos. Podemos seguir creyendo que con más encierro, leyes duras y consumo podremos evitar el desprecio a la vida en nuestras calles pero son justamente estos los que potencian el problema de raíz.
Crear una vida en común no es adaptarnos aún más a los intereses empresariales y financieros sino a los nuestros.

R.M.

(Tomado del periódico «Todo y Ahora»).


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