La trinchera de la educación, en defensa de la cultura de lo común

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Una parte de la historia social es la de la guerra del Estado contra las comunidades. Se trata de un largo proceso de homogeneización y destrucción de las capacidades autoinstituyentes de los pueblos. Este proceso puede verse en la desaparición de los lugares del hacer común y su sustitución por espacios jerárquicos, donde las bases sociales tienen un rol subordinado, y espacios mercantiles, donde la relación determinante es la de la compra-venta. El auspicio de alguna empresa o la promoción por parte de algún órgano estatal son expresiones de este largo camino de destrucción del espíritu autónomo de las comunidades. En este sentido, desde hace tiempo la educación vive un ataque directo que busca adaptar aún más sus espacios al mercado, hecho que fragiliza sus estructuras socializadoras más interesantes.
En el capitalismo financiero, aquellos espacios de socialización educativa que antes fueron utilizados básicamente para disciplinar, ahora “sobran”. Las estructuras deben ser transformadas para adaptar a las personas a las exigencias del mercado ya que ocupan “demasiado tiempo”, son “demasiado caras” y tienen “demasiados saberes inútiles”. La disciplina no desaparece nunca pero ha sido sustituída en parte por dispositivos de poder que cumplen mejor el objetivo de amansamiento. Hoy el mercado exige a la sociedad que adecúe su espacio educativo y se elimine cualquier rasgo de capacidad autoinstituyente que pudiera ser un peligro para el “progreso”. Lxs profesorxs saben bien que los espacios de educación hoy no sirven. No sirven ni para lo que ellxs quisieran, el desarrollo integral de las personas como sujetos libres, ni para los intereses del capitalismo, sujetos adaptables y sumisos frente a las necesidades cambiantes del mercado.
Si algo constituyen las escuelas, las utus y liceos, es espacios de amuchamiento, del terrible y hermoso tener que encontrarse con el objetivo de aprender. Parece poco e insignificante, claro, pero es muchísimo en un mundo que tiende a la destrucción de la socialización como la entendemos, o queremos, como algo más allá del intercambio de mercancías. Ahora, si las personas somos capital humano, como hemos escuchado tantas veces a dirigentes de un lado u otro, ¿qué impide a lxs poderosxs usarnos como objetos de ganancia? El encierro que mucha gente vivió durante la pandemia, y la falta de sociabilidad que produjo, nos mostró lo extremadamente peligroso de la carencia de contacto, sobre todo, en lxs más chicxs. Deberían ser suficientes las consecuencias que vemos a diario, pero, más allá de lxs docentes, no se está tomando en serio la centralidad para nuestras vidas de los espacios educativos. Ahí nos encontramos, interactuamos y construimos sentidos.
Todo espacio de amuchamiento, sobre todo, el de la educación, se ha convertido en un espacio de resistencia en sí mismo. Resiste a las fuerzas que prosiguen atacando a la sociedad para transformar sus modos de educarse, de estar juntxs, de socializar, a veces, sin empresas de por medio. Tal vez más exacto sea decir que son espacios de posibilidad de resistencia, condición de posibilidad para la libertad, entendida siempre como un hecho colectivo, un hecho profundamente social.
Hoy la educación es una trinchera porque, si bien, ya no es el arma más eficaz del Estado contra la sociedad (ya posee otros dispositivos más eficaces), es una posibilidad latente de socialización liberadora. Hoy la educación es resistencia, además, porque puede evitar peores males, como los que vimos con el ejemplo de la pandemia. La interacción social en las aulas sobrepasa siempre los designios empresariales. Los algoritmos no controlan a lxs docentes y el capitalismo no controla a la gente cuando socializa y crea cultura de lo común. En la interacción no mediatizada del todo por el mercado, en relaciones que pueden llegar a escapar al tipo de relacionamiento autoritario, está nuestra oportunidad. Esa es la cultura a la que teme el poder, cualquier poder.

R.


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