El mundo nuevo y su raíz actual

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(Imagen: comunidad de lucha del Cordón).

Si el imaginario social revolucionario o de transformación desaparece de una sociedad, ésta no podrá pensar o desear cualquier cosa fuera de lo instituido. Una sociedad así estaría totalmente perdida, condenada a la miseria. Ni siquiera es seguro que esta utopía de patrones, pudiera darse al cien por ciento, pero, aun así, hay intentos continuados para despojar a las personas de la consciencia de su capacidad instituyente, base para crear cualquier cambio significativo.
Para enfrentar estos intentos, es importante que nuestros grupos y comunidades muestren con fuerza la existencia de las prácticas de libertad, de ese hacer colectivo transformador, esa cultura de lo común que existe. Lo colectivo es algo más que la suma de individuos aislados, la libertad es posible en la interacción entre las personas y los mundos posibles que esta interacción permite.
El imaginario de cambio, que se construye en la interacción social, no tiene que estar atado a fantasías de salvación, no debemos vender nuevos cielos pero sí mostrar la posibilidad real de un mundo sin explotación y lucro. Debemos, para eso, apoyarnos en ejemplos concretos, por más pequeños que sean, por más insignificantes que parezcan. Sin vivencia no hay difusión posible. El bombardeo constante, la producción de necesidades que genera el mercado pone en aprietos a las ideas emancipatorias frente al placer del momentismo, el consumo desenfrenado o el victimismo impotente. La idea de una sociedad antiautoritaria se nutre de los fracasos del socialismo llamado real a la vez que rescata los valores y las luchas del abajo sin complejos.
Poder responder a la pregunta de “qué mundo queremos” con ejemplos actuales y concretos podría ser una de las claves para revertir esa tendencia. Decir que el mundo que buscamos es “el que ya practicamos acá, acá y acá” es sumamente importante. Debemos decir lo que queremos y sobre todo mostrarlo. El lenguaje debe abrir la posibilidad de creer, pensar y concretar nuestras aspiraciones, debe conectar las libertades que vivimos con otras libertades posibles.
Lo colectivo resistente ya existe. Nuestros lugares autónomos deben potenciar la libertad y la responsabilidad a personas, lamentablemente, cada vez más filtradas por los ideales posmodernos de fragmentación y dependencia. Es el pensamiento el que debe unir lo que parece desunido para cargar de sentidos y posibilitar el imaginario transformador. Hay una guerra semántica contra el capital que es necesario dar.
La cultura de lo común, parte esencial de ese imaginario de transformación, no sale de la nada. En este momento, alejadas de cualquier perfección, pero vivas y perfectibles, muchas asambleas ponen en común y encuentran soluciones también comunes a problemáticas de todxs. Muchas estructuras son armadas de abajo hacia arriba y descartan el lucro o la competencia como motor.
Asambleas de lucha, sindicatos, gremios, cooperativas, deportivas, la más simple de las formas organizativas, desde la autonomía y la acción directa, puede encontrarse y organizarse en un núcleo vivo que enfrente con fuerza al capitalismo. Hay un mundo de la autoorganización que se enfrenta, a veces sin saberlo, al de la dependencia y la heteronomía. La solidaridad, el mutuo apoyo existen y se organizan, la lucha por lxs demás también.
Reconociendo la cultura de lo común que pelea diariamente podremos potenciar ese imaginario social transformador. Ampliar nuestros sueños de más libertad es entender la libertad que respira y lucha entre nosotrxs ahora mismo.

M.


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